Aquí estoy, tirado en mi cama. Escucho The Arcade Fire. My body is a cage es la canción que suena ahora. No sé bien por qué me encuentro así. Tampoco es tan grave lo que hizo Blas. Aunque, decirme tontete así, casi sin conocerme...
-Hola Bugs.
-Hola Nico, ¿qué haces por aquí? ¿No vendrás a tentarme para que haga algo malo? Por qué no estoy de humor. ¿Sabes qué? Blas, el gato que tú me aconsejaste no recoger...si, el gato negro, el mismo, pues habla. Pero no me lo ha dicho hasta ahora. Y yo llevo una semana contándole cosas, pensando que no me entendía. Es un gañán.
-Ya sabía todo eso, Bugs. Vengo precisamente de hablar con Blas y ¿sabes?, me ha caído muy bien. Parece muy buen gato. Y además es muy limpio. Dice que le gusta mucho tu cajón, que se siente muy cómodo allí. No sé por qué te lo has tomado de esa manera, la verdad.
-Ya, creo que fue un calentón. Algo sin pensar...pero, un momento ¿qué haces tu hablando con mi gato? Tu eres mi diablito, y siempre me quieres guiar hacía lo que está mal. Entonces, si quieres que me reconcilie con Blas, tal vez sería mejor que no lo hiciera. Es que Nico, ¡no sé cuando fiarme de tí! Los representantes de la maldad sois tan contradictorios a veces...
-Mira Bugs, la división entre la bondad y la maldad es inexacta. Nadie puede fijarla. No es inherente a nada. Sé que puede parecer un oxímoron, pero a veces la maldad es buena, pero la bondad mala. Por eso, como diablo, a veces mis consejos pueden ser buenos.
-Un oxi ¿qué?
-Nada, déjalo. Sólo te digo que Blas merece la pena. Aprovecha que lo tienes. Como tu diablillo te diré que mires por tí, y te es conveniente tener ese gato. Créeme.
-Entonces, el mirar por uno mismo, ¿es malo? Nico, ¡siempre que vienes me acabas liando!
-De nuevo te digo, que lo bueno y lo malo no lo establece nadie. Ni tú mismo. Nadie. Tal vez lo que hoy está bien, mañana está mal. ¿me sigues?
-No, pero es igual. Creo que esta vez te haré caso. Iré a hablar con Blas. En el fondo, es una fortuna tener un gato que habla. No hay mejor confesor, ¿no? ¿Nico?
Nico se ha ido. Es un diablillo peculiar. Raro, muy raro. Pero me gustan sus visitas. ¡Blas!
Primeras palabras
- ¿Cómo? ¿Qué hablas?
- Si Bugs, hablo. Pero no te lo quería decir. No estaba seguro de contartelo.
-Pero...¡y todo este tiempo que te he contado mis cosas! Me tendrías que haber dicho algo. No sé..., contestarme. Aconsejarme sobre que estaba bien y que no. O yo que sé, haberme mandado callar. Pero ¡algo! ¿Qué imagen tendrás ahora de mi?
-Pues, no te lo tomes a mal, pero eres un poco tontete.
-¿Cómo? Ah, ¿qué también sabes inslutar?
-Si claro, hablar e insultar son todo lo mismo. Los insultos forman parte del lenguaje, creo yo. Pero no te lo digo a mal, yo...
-¡Cállate quieres! Encima soy tontete...¡vaya con el gato! Pues el tontete te recogió aquel día de la basura, ¿sabes?. Y te dió de comer. Y te tiene en casa...
-Bugs, te lo agradeceré siempre. Además, me gusta mucho tu cajón...
-¡Pues quédate en el puto cajón! ¡Me largo a mi habitación!
- Si Bugs, hablo. Pero no te lo quería decir. No estaba seguro de contartelo.
-Pero...¡y todo este tiempo que te he contado mis cosas! Me tendrías que haber dicho algo. No sé..., contestarme. Aconsejarme sobre que estaba bien y que no. O yo que sé, haberme mandado callar. Pero ¡algo! ¿Qué imagen tendrás ahora de mi?
-Pues, no te lo tomes a mal, pero eres un poco tontete.
-¿Cómo? Ah, ¿qué también sabes inslutar?
-Si claro, hablar e insultar son todo lo mismo. Los insultos forman parte del lenguaje, creo yo. Pero no te lo digo a mal, yo...
-¡Cállate quieres! Encima soy tontete...¡vaya con el gato! Pues el tontete te recogió aquel día de la basura, ¿sabes?. Y te dió de comer. Y te tiene en casa...
-Bugs, te lo agradeceré siempre. Además, me gusta mucho tu cajón...
-¡Pues quédate en el puto cajón! ¡Me largo a mi habitación!
Blas se queda
Después de una semana, Blas se queda de forma definitiva en casa. Ya come bien, ha engordado y ha hecho suyo el segundo cajón del mueble del comedor. Allí duerme. Allí mira la tele. Allí me observa mientras como, mientras hablo por telefono y mientras canto cuando limpio. Blas es un gato vago, pero es cariñoso, aunque sólo cuando él quiere, que es muy suyo.
Yo he tomado por costumbre el hablarle. No sé por qué, mira. Cuando llego a casa, lo saco del cajón, lo apoyo en mis rollidas y, a la vez que le acaricio, le cuento mi día. Lo raro es que siempre me mira, y parece hasta que me entiende. Os imaginaís, ¡un gato que hablara!
Que fácil es conversar contigo, Blas. Siempre me escuchas, me miras a los ojos. No asientes, pero levantas las orejas, como atendiendo. No te mueves de mi regazo, siempre allí. Blas, ¿también tú tienes inseguridades? ¿dudas alguna vez? ¿cambias de humor? Yo ahora, contagiado por una canción de Pete Yorn, me siento extraño. Fuera de lugar. Como si viviera en un mundo que no es mio, que no me corresponde... y se lo cuento a un gato. ¡Que patétitico! No tú, Blas, tú no eres patético. Pero tranquilo, mañana cambiará.
Lástima que no me hables Blas. Me gustaría también escucharte. Saber qué te preocupa. Qué te hace sentir bien. Cómo te sientes cuando te sientes mal. Cómo hablas cuando estás de buen humor. ¿Reís los gatos? A mi me encanta reír. No hay nada mejor que una sonrisa.
¡Como me gustaría que hablaras, Blas!
-Pues hablo, Bugs.
Yo he tomado por costumbre el hablarle. No sé por qué, mira. Cuando llego a casa, lo saco del cajón, lo apoyo en mis rollidas y, a la vez que le acaricio, le cuento mi día. Lo raro es que siempre me mira, y parece hasta que me entiende. Os imaginaís, ¡un gato que hablara!
Que fácil es conversar contigo, Blas. Siempre me escuchas, me miras a los ojos. No asientes, pero levantas las orejas, como atendiendo. No te mueves de mi regazo, siempre allí. Blas, ¿también tú tienes inseguridades? ¿dudas alguna vez? ¿cambias de humor? Yo ahora, contagiado por una canción de Pete Yorn, me siento extraño. Fuera de lugar. Como si viviera en un mundo que no es mio, que no me corresponde... y se lo cuento a un gato. ¡Que patétitico! No tú, Blas, tú no eres patético. Pero tranquilo, mañana cambiará.
Lástima que no me hables Blas. Me gustaría también escucharte. Saber qué te preocupa. Qué te hace sentir bien. Cómo te sientes cuando te sientes mal. Cómo hablas cuando estás de buen humor. ¿Reís los gatos? A mi me encanta reír. No hay nada mejor que una sonrisa.
¡Como me gustaría que hablaras, Blas!
-Pues hablo, Bugs.
Hoy encontré a Blas
Hoy llovía y hacía mucho frío. Fue uno de esos días agotadores, de los que se hacen largos y pesados. Y el sol no asomó, y se hizo pronto de noche. Un día oscuro, vamos.
Iluminado por la linterna que siempre llevo encima, fui de camino a casa evitando las calles con farolas. ¿Por qué? No sé, me dió por ahí. Y justo antes de doblar la esquina, al lado de un contenedor de papel, de esos grandes azules repletos de cajas de cartón, oí un débil maullido.
-¿Lo ignoro o me acerco?- me pregunté
Mi diablito personal, subido en mi hombro izquierdo, me susurró que no me acercara. Seguro que te ataca, me dijo. El angelito, en cambio, no apareció. De hecho, ahora que pienso en ello, nunca he visto a mi angelito...¿tendré angelito? No importa.
No hice caso al diablillo, al que, por cierto, llamo Nicolás. De un manotazo lo saqué de mi espalda, que se había puesto a escalar como si fuera un alpinista, pobre inocente. Lejos de sus maléficas consignas me acerqué al sordo maullido. Y encontré un gato negro. Pequeño. Muy pequeño. Y delgado. Casi raquítico. Y me lo he traído a casa.
No sé si he hecho bien, pero le he dado de cenar un trozo de carne, cortadito en trozos pequeños. Y le he preparado un plato con agua, para que beba. Ahora está dormido. Le he llamado Blas.
Iluminado por la linterna que siempre llevo encima, fui de camino a casa evitando las calles con farolas. ¿Por qué? No sé, me dió por ahí. Y justo antes de doblar la esquina, al lado de un contenedor de papel, de esos grandes azules repletos de cajas de cartón, oí un débil maullido.
-¿Lo ignoro o me acerco?- me pregunté
Mi diablito personal, subido en mi hombro izquierdo, me susurró que no me acercara. Seguro que te ataca, me dijo. El angelito, en cambio, no apareció. De hecho, ahora que pienso en ello, nunca he visto a mi angelito...¿tendré angelito? No importa.
No hice caso al diablillo, al que, por cierto, llamo Nicolás. De un manotazo lo saqué de mi espalda, que se había puesto a escalar como si fuera un alpinista, pobre inocente. Lejos de sus maléficas consignas me acerqué al sordo maullido. Y encontré un gato negro. Pequeño. Muy pequeño. Y delgado. Casi raquítico. Y me lo he traído a casa.
No sé si he hecho bien, pero le he dado de cenar un trozo de carne, cortadito en trozos pequeños. Y le he preparado un plato con agua, para que beba. Ahora está dormido. Le he llamado Blas.
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